HACIA UNA NUEVA AGRICULTURA

Existe una nueva estrategia orientada a mantener la sustentabilidad de los procesos productivos a través de la incorporación de los cultivos de servicio: en los lotes se alternan cultivos de renta con aquellos que incorporan especies como el trébol vicia y centeno, rábano forrajero, avena, etc. Aunque no tienen como fin su cosecha y rentabilidad, ayudan a la conservación y a la protección del suelo. 

Los cultivos de servicio son una herramienta más para intensificar los sistemas de cuidado agropecuario, ya que permiten captar los recursos del ambiente y aprovecharlos a favor del cultivo. Según datos de la Bolsa de Cereales, desde el 2014 hubo un aumento sostenido de productores que incorporaron este sistema en su campo, aunque todavía hay mucho potencial de crecimiento en todo el país. No solo se trata de implementar este sistema, sino que también involucra la experimentación a fin de lograr su manejo óptimo. 

Un esquema de siembra y colonización de lotes con varias especies está orientado a logar una masa radicular con diferentes profundidades de exploración del perfil del suelo, volúmenes considerables de materia orgánica aportada al suelo y control de malezas no deseadas para el cultivo de renta. Así, se logra favorecer la microbiología del suelo y la restitución de servicios ecosistémicos amenazados o perdidos. 

Es sabido que la materia orgánica favorece a la estructuración de los suelos y, con ello, se incrementa la infiltración generándose una verdadera cosecha de agua que se transformará en kilogramos de materia prima a la cosecha. También se incrementa el contenido de nutrientes disponibles para el cultivo de renta. 

Existen en la provincia experiencias de campos con severo deterioro edáfico por erosión hídrica, en los cuales se implementaron sistemas de conservación de suelos (terrazamientos, canalizaciones, etc.) y que hoy ya pueden prescindir de los mismos debido a la notable disminución de los escurrimientos. Estos lotes fueron sembrados con especies como el rábano forrajero (entre otras), cuyas raíces primarias exploran profundamente el perfil, reduciendo la compactación e incrementando la infiltración, por lo que lo consideramos como verdaderos “barrenos”.

Otra de las ventajas es que mantener durante todo el año los lotes con “cobertura verde” da respuesta, de algún modo, al requerimiento mundial de reducir emisiones de dióxido de carbono. Desde el Acuerdo de París, hay un término que resuena en todas las conversaciones relativas al cambio climático: mitigación. El objetivo es reducir las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera y una de las medidas para conseguirlo es aumentar la presencia de los sumideros de carbono. En esta línea, los cultivos, mediante la energía solar, capturan el dióxido de carbono atmosférico, forman biomasa y limitan su incidencia negativa en diferentes ambientes.

Por esto, se hace imprescindible cambiar el modelo agrícola actual, basado en los principios de la revolución verde. Los cultivos nos dan elevados rendimientos gracias a que aplicamos “subsidios energéticos”; es decir, aportamos energía auxiliar al agroecosistema (como por ejemplo fertilizantes, agroquímicos, gasoil, etc.), para que las plantas destinen lo máximo posible a la producción de granos u otros órganos cosechables. Obviamente, los costos económicos asociados son muy altos; entonces la propuesta es cambiar el paradigma: pensar en sistemas agropecuarios que usen la energía del sol, principalmente, para proveer esos servicios y así disminuir la energía extra subsidiada al sistema.

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